sábado, 30 de junio de 2018

LA MALDICIÓN


La “Isla de los Judíos” del Sena parisino era un pequeño islote que, con la construcción del Pont Neuf ordenada por el célebre rey Enrique IV, acabó formando parte de “l’île de la Cité” o, como la conocen las turistas, “la Isla de Notre-Dame”. 

Las historiadoras afirman que su nombre se derivó de las ejecuciones de miles de judías que murieron en las hogueras. 

Allí, precisamente allí, es donde con las primeras luces del alba del domingo 18 de marzo de 1314, se pretendió acabar con parte de la historia. Pero, paradójicamente, fue allí, precisamente allí, donde todo empezó.

La Orden de los Pobres Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón, más conocida como la Orden del Temple -que hoy cumpliría 900 años- vio la Luz en 1118. Nueve caballeros franceses, liderados por Hugo de Payns tras la primera cruzada, fundaron esa orden con la pretensión inicial de proteger a las cristianas que peregrinaban a Jerusalén. En 1129, durante el Concilio de Troyes, la Orden recibe el beneplácito de la Iglesia. Eran los comienzos. Las templarias aún no tenían la entidad suficiente para ser independientes, ni poder remar a contracorriente. Todo lo que no le gusta al poder de verdad. Un clásico.

Con el axiomático pensamiento de que, costase lo que costase, se tenía que estar en el lugar donde se debía estar, las templarias fueron ganando un considerable peso específico y un prestigio importante. Tras no poca sangre derramada y una acumulación considerable de tesoros, las que crecieron a la sombra del Templo de Salomón fueron adquiriendo una fuerza política impresionante y empezaron a pensar por su cuenta. Eso nunca está bien visto.

Poco a poco se fueron transformando en lo que hoy podrían considerarse banqueras, haciendo préstamos para los ruinosos reinos de la época. Uno de ellos fue el de Felipe IV de Francia, llamado “el Hermoso”.

Las guerras y los fastuosos actos, habían llevado al descendiente de las Capetos y a Francia a la ruina total. El denominado “rey de hierro” tenía que buscar una solución, y rápida.

Empezó por las judías. No escasearon los pretextos. Faltaría más. Las lombardas también fueron atacadas, y las riquezas de ambas comunidades engrosaron el tesoro de reino; pero aún quedaba la Orden del Temple. Para ello, necesitaba la aprobación de Roma. Felipe IV se enfrentó al papa Bonifacio VIII, que casi lo excomulgó. Tras una lucha cruzada, consiguió lo que pretendía: una Iglesia a medida de sus intereses, cosa que logró. Nada nuevo.

A la muerte de Bonifacio VIII le sucedió Clemente V, que terminó instalándose en Avignon, aceptando los dictados del capeto. La brújula del poder no es un invento nuevo.

El siguiente paso era evidente: con el camino despejado, solo le quedaba al galo Felipe “el Hermoso” terminar con quien se había endeudado hasta límites insospechados, y nunca se plegaba a la burda fusta de la gobernanta de turno. La falta de visión política del último Gran Maestro de la Orden de Temple le impidió ver lo que se estaba instigando. Ya era tarde.

El viernes 13 de octubre de 1307, una acción coordinada por el rey y aceptada por el Papa daba con el arresto masivo de todas las caballeras templarias en Francia.

Torturas, acusaciones absurdas, encarcelamientos arbitrarios, vejaciones y delaciones fulminaron a quienes representaban un contrapoder evidente. Cientos de templarias acabaron en la hoguera como un aviso a futuras navegantes: oponerse al poder nunca es gratis.

Así, tras un juicio grotesco y una renuncia expresa a reconocer las acusaciones (algo que le habría salvado la vida), el 18 de marzo de 1314, el Gran Maestro Jacques de Molay moría bajo las llamas avivadas por el verdugo del rey junto con Godofredo de Charney (maestro de la Orden en Normandía) y otros dos caballeros templarios.

Sin embargo, antes de fallecer, el último Gran Maestro de la Orden de los Pobres Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón, lanzó una maldición contra el rey y su descendencia, las acólitas reales y el Papa. El rey, varias consejeras y el Papa murieron en el transcurso de un año. Los Capetos que sucedieron en el trono al “Hermoso” también sufrieron la maldición templaria, tanto que a partir de Felipe IV de Francia, quienes le sucedieron se conocen como “reyes malditos”. Mirando ya de frente a la muerte, la sentencia del último máximo exponente de la Orden del Temple vino a advertir a quien pudo entenderlo que, ocurriese lo que ocurriese, la fuerza de la espada residía en el brazo de quien la empuñara y que, para quien se atreviese a vivir, la muerte no existiría. Y en esas estamos.

En este H2SO4no nos cansamos de repetir que nunca corren buenos tiempos para las que osan ver las cosas sin el prisma que marca la oficialidad. Nuestro “ahora” verifica la vitriólica evidencia.

Atreverse a disentir se condena ahora con la hoguera 2.0. Cierto es que el fuego ya no está en el catálogo represor, pero las de la vara de mando siempre tienen un amplio abanico de medidas para intentar acallar el librepensamiento.

Da igual el campo y poco importa el ámbito, porque de lo que siempre se trata, con mayor o menor intensidad, es de reprimir, castrar e inutilizar el pensamiento crítico. 

¿Serán los tiempos que corren? No seamos ingenuas, la táctica siempre ha sido la misma, las calcinadas en la plaza pública y las verdugas tampoco han variado. Seguro que le suena.

Ferrer i Guardia pagó con su vida el hecho de atreverse a enseñar a pensar, otras siguen siendo enviadas a las catacumbas por haber cometido la herejía de creer en una educación inclusiva donde el alumnado no está formado por pequeñas maquinas reproductoras que vomitan todo lo aprendido sin razonar. Se envía al cadalso a las que afirman, como lo hacía el pedagogo brasileño Paulo Freire, que “la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”. Seguramente se trata de eso, de que nadie cambie para que nada cambie. Elemental.

De la misma forma, se culpa de todos los males a quienes rescatan a seres humanos de la muerte, o les ayudan a sobrevivir. Con burdas mentiras, falsas pruebas y gruesos argumentos, nos hacen creer que la génesis de todos los males son las pobres que vienen de fuera. Parece que, lamentablemente, aun conociendo de memoria el guion, seguimos sorprendiéndonos con el final de la película. No aprendemos. De puta pena.

Sin embargo, seguimos apuntando con el dedo acusador a las que nada tienen y, por ende, a las que proclaman que la libertad, la igualdad y la fraternidad son mucho más que un lema. Siempre fue más fácil y cómodo sumarse al pensamiento prefabricado que alinearse al librepensamiento. Y mientras, desde nuestro egoísmo intelectual y material, seguimos permitiendo que miles de personas mueran por haber cometido el delito de nacer en el lugar equivocado. Al mismo tiempo, las verdaderas responsables de estas masacres siguen acumulando riquezas en paraísos fiscales en total impunidad.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene para usted y para sus hijas, pero quizás sería bueno empezar a reaccionar y pensar que la razón de la fuerza nunca pudo con la fuerza de la razón, porque la razón siempre acaba venciendo.

Seamos, pues, las nuevas integrantes de la Orden del Temple y hagamos frente al intento de aborregamiento, sea cual sea la forma que adopte. Usemos la solidaridad como espada demoledora, la conciencia como brazo que la utiliza y el librepensamiento como camino de transformación.

Bueno será recordar que las hogueras siempre están preparadas como antídoto a la libertad. Que sigan echando más leña al fuego solo depende de usted, porque el futuro solo depende de usted y de lo que haga. Mejor dicho, de lo que no haga. En definitiva, se trata de atreverse a vivir, porque lo de morir en vida ya lo conocemos de sobra.

Nada más que añadir, Señoría.

domingo, 24 de junio de 2018

RADIO LONDRES




La complicidad entreguista por parte de los gobiernos europeos y los muchos apoyos morales y materiales en todo el mundo, pudieron más que los numerosos mensajes por parte de todos los sectores progresistas, que advertían de una generalizada política de negación de la realidad para con Hitler. Las nazis, con sus políticas antisemitas y totalitarias, avanzaban con total impunidad.

En 1937, el escritor, periodista y filósofo Camillo Berneri, escribía en el periódico Guerra di clase: “las bombas que hoy caen sobre Madrid, mañana caerán sobre Barcelona y pasado sobre París y Londres”. Dos años más tarde, la Historia daría la razón al anarquista italiano. 

La visión del que fuera asesinado a manos de comunistas españolas comandadas por Stalin se hizo realidad el 1 de septiembre de 1939. Tener razón antes de tiempo es la eterna maldición de las librepensadoras. Quizás le suene.

Lo que después aconteció es de sobras conocido por todas, aunque parezcamos empeñadas en tener muy mala memoria. Sin embargo, es conveniente recordar que cuando el mariscal Philippe Pétain entregó Francia, y por ende Europa, a las de la esvástica, un hombre decidió que se debía seguir luchando contra la invasora. Voló a la capital del imperio británico y, a través de las ondas, hizo un llamamiento al pueblo francés que quedó para la historia. “L’appel du 18 juin”, el llamamiento del 18 de junio, y su “Francia ha perdido una batalla, pero no ha perdido la guerra” supusieron un punto de inflexión. El general de Gaulle, quizás sin saberlo aún en ese momento, había iniciado la epopeya de Radio Londres y su célebre “los franceses hablan a los franceses”. 

Desde ese momento, todas las noches el programa comenzaba con las primeras notas musicales de la V Sinfonía de Beethoven. ¿Amor al músico alemán universal? ¿Utilizar al genial compositor como  símbolo contra Hitler? ¿Coincidencia? La respuesta se encontraba en el morse. Las cuatro primeras notas de la obra magna de Beethoven, traducidas al idioma de las radioaficionadas, son tres puntos y una raya ( … – ), es decir una “V”, la misma “V” de Victoria que popularizó Churchill. El 6 de junio de 1944, día del desembarco en Normandía, miles de aviones hicieron la señal luminosa de la “V” a los barcos militares que se dirigían a las costas francesas.

Concebido en un primer momento para dar noticias a las familias de quienes habían encontrado refugio en el país de Churchill, el programa se transformó rápidamente en una poderosa arma de guerra. Las nazis, por su parte, impusieron un férreo bloqueo informativo clausurando los periódicos y unificando la señal de radio. Un clásico.

Mientras que en toda la Francia ocupada, Radio París era la voz de las hijas del Reich en unos tiempos en los que la televisión ni siquiera se concebía, Radio Londres representaba la voz de la Libertad. En muy poco tiempo, el puñado de personas que mantenía la llama de la resistencia desde Inglaterra lograba lo increíble, minar la propaganda radiofónica nazi y ser la radio más escuchada en tierras galas. ¿Cómo lo sabían? Porque el consumo de electricidad se disparaba a la hora de las emisiones. 

El impacto fue tal y el peligro para las tropas invasoras resultó tan brutal, que todas las francesas sorprendidas escuchando la voz de la Francia libre eran detenidas, encarceladas, y muchas de ellas enviadas a campos de concentración. Pero ni por esas. Radio Londres seguía siendo el faro que guiaba a quienes creían y luchaban por un mundo nuevo.
Las nazis, perfectamente conscientes de la importancia de la comunicación, optaron por requisar todos los receptores de radio en la franja norte de Francia, a la vez que aumentaron la potencia de las emisoras de Radio París y Radio Vichy. Buscaban la supremacía de las ondas. Sin embargo, esa medida, que consistía en tener más potencia de difusión y, por ende, más alcance, tuvo con su mortal contramedida. Los bombarderos de la RAF, que llevaban a cabo sus misiones por la noche, buscaban el origen de la señal desde el momento en que salían de Inglaterra con el fin de aniquilar las emisoras del Reich en Francia. Ante el peligro evidente, los programas de Radio París terminaban todos los días puntualmente a las 19:15. Pero, si bien los aliados no tuvieron la oportunidad de acabar físicamente con la emisora franconazi, desde la hora señalada el campo electromagnético pertenecía a Radio Londres.

Obviamente, las esbirras de Hitler cambiaron de táctica y pusieron en marcha potentes dispositivos de interferencias. Así, el típico sonido ondulante por encima de las voces de la BBC quedaría para la historia como la brutal marca de la dictadura y de la muerte hecha señal radioeléctrica. 

El humor corrosivo, las canciones parodiando las consignas nazis y los discursos políticos llamando a la unidad nacional contra Hitler y el Gobierno títere de Pétain, se mezclaban con la sección de los “mensajes personales” que, en realidad, eran consignas para quienes integraban la resistencia en Francia. Muchos mensajes daban a entender que iba a llegar un operador de radio a una determinada zona, otros que se iba a lanzar material sobre un área concreta, muchos tenían la misión de avisar de que habían llegado sanas y salvas hasta Inglaterra unas prisioneras evadidas. Evidentemente, un número considerable de estas comunicaciones eran pura superchería y absoluta intoxicación. El eterno juego del gato y del ratón, de la información y la contrainformación.

Sin embargo, por encima de las interferencias y de los años quedaron en los manuales de Historia unos versos de Verlaine que cambiaron el transcurso de la Humanidad. Emitidos en dos mitades, los primeros versos de la “Canción de Otoño” del maestro del simbolismo francés anunciaron el ansiado D-Day, y aunque hubo otros muchos mensajes, este quedó como “el” mensaje del desembarco de Normandía.

A primeros de junio de 1944, Radio Londres ordenaba una intensificación de los sabotajes con la primera mitad del verso “los largos sollozos de los violines del otoño”. El 5 de junio se lanzó la segunda parte: “hieren mi corazón con monótona languidez”, que significaba que las tropas aliadas llegarían en el transcurso de las veinticuatro horas siguientes. Y así fue.

Desde el llamamiento del 18 de junio de 1940, hasta el 24 de octubre de 1944, Radio Londres fue la voz que siempre se recordará porque clamaba, en el desierto de la intolerancia, contra el oscurantismo y la esclavitud. Fueron unas idealistas que se entregaron en cuerpo y alma para combatir el fascismo mediante las ondas. Fueron las mismas a las que, para que se pudiera oír su voz en las tierras sometidas, se les hacía cambiar constantemente el tono de voz para anular el efecto de las sofisticadas interferencias totalitarias. Y en esas estamos.

Todos los sistemas que pretenden la supremacía de unas pocas sobre el resto tienen, como primera consigna, recluir a las librepensadoras a las galeras del ostracismo. Un clásico.
El problema reside en que en los sistemas en los que las ciudadanas son consideras como una masa amorfa o, en el mejor de los casos, objetivos de la mercadotecnia política, no se tolera a quienes reflexionan, cuestionan, o mantienen un pensamiento crítico. La disidencia siempre acaba en el paredón o en el gulag, figurado o real. Axioma.

Pero frente a las barbaridades terribles que soportamos a diario, por pura supervivencia no nos queda más remedio que transformarnos todas en Radio Londres.

Así, cuando el poderoso “agit-prop” del neoliberalismo depredador nos intenta convencer de que la riqueza de unas pocas es la panacea para todas, no lanzar un constante llamamiento del 18 de junio no puede ser interpretado de otra manera sino como una rendición incondicional, o una servil aceptación de la dictadura camuflada.

¿Exageraciones de un H2SO4“demasiado” librepensador? Veamos.

El hecho de que varios países sudamericanos estén privatizando el agua debería ser, por sí solo, toda una señal de alarma. Si partimos de la base de que las megacorporaciones solo existen por y para ganar ingentes cantidades de dinero, el cómo deja de tener importancia. Condenar a la sed a seres humanos a cambio de la rentabilidad, deja de ser el argumento de una película de James Bond (Quamtun of solace) para transformarse en una lamentable y cruel realidad. Aviso a navegantas.
Prosigamos con las “exageraciones”.

Según el Programa Mundial de Alimentos de la ONU, el hambre asesina a más personas que enfermedades como el SIDA, la tuberculosis y la malaria juntas. El propio organismo de Naciones Unidas estima que alrededor de 800 millones de personas pasan hambre en el mundo. Imagínese que la población de 17,39 españas no tuviera para comer y tendrá una imagen real de la situación.

El PMA asegura que en el África subsahariana se dan los mayores porcentajes de población con hambre. En concreto, una persona de cada cuatro presenta desnutrición. Después, nos extrañaremos si por miles se mueren en mitad de la nada huyendo de la miseria o de la guerra intentando llegar a Europa. ¿De verdad no lo vemos?

¿Más datos?

Este organismo de la ONU afirma que la desnutrición es la causa de la mitad de las muertes de las menores de cinco años. Traducido a frías cifras, Naciones Unidas nos está diciendo que más de TRES MILLONES DE SERES HUMANOS con menos de cinco años se mueren anualmente de no poder comer. Brutal. ¿Y a nadie le incita esto tan siquiera a levantar la voz?

Sigamos.

La lucha contra la contaminación debería ser la primera de nuestras luchas. Por pura supervivencia. Básico. 

A pesar de que atendamos más a los cantos de sirena que afirman que nada pasa y que las ecologistas son unas aguafiestas, la información es demoledora. Se estima que cada año se arrojan más de seis millones de kilos de basura a mares y océanos, la mayor parte plástico. Ese plástico, a su vez, provoca anualmente la muerte de más de un millón de aves, más de cien mil mamíferos y una cantidad incalculable de peces y crustáceos. Pero, claro, hasta que bolsas y botellas no nos impidan tomar el sol, todo va bien.

Hablemos de la energía nuclear. Al margen de la contaminación que suponen los residuos de las centrales nucleares, estos tardarán unos diez mil años en degradarse y volverse inofensivos. Esto es en el caso de que no se produzcan accidentes. En caso de producirse, la cosa cambia radicalmente.

Tras la catástrofe de Fukushima se vertieron al Océano Pacífico once millones de litros de agua con niveles extremos de radioactividad. Pocos días después, a más de ochenta kilómetros de la costa, se detectaron peces contaminados por radioactividad. Demoledor.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene y sabrá elegir entre los mensajes de Radio Londres y las arengas totalitarias de Radio París.

Quizás los datos expuestos lleven a la reflexión. 
Quizás entonces seamos capaces de reaccionar cuando la propaganda nos asegure, mediante anuncios o sesudos artículos de investigación, que vivimos en un mundo feliz. 
Quizás desde ese momento nos opongamos a la doctrina de que lo mejor es dejarse hacer, sin protestas u objeciones.
Quizás haya llegado el momento de dejar de permitir que nos masacren agachando testa y lomo con sumisión.

La Radio Londres del librepensamiento es cada día más necesaria. Probablemente lo que oiga en esa emisora, a pesar de las ondas interferidas, no va a ser de su agrado y siempre puede optar por los múltiples opios sociales que machaconamente le ofrecen. Escuchar a la BBC de la libertad o al ministerio de la verdad orweliano depende de usted.

Llegadas a este punto, quizás sea bueno recordar a Albert Camus cuando afirmaba que “la única manera de lidiar a con un mundo que no es libre es llegar a ser tan completamente libre que tu propia existencia sea un acto de rebeldía”. Quizás nos convendría considerar que, frente al yugo del pensamiento único, el librepensamiento es el inicio de la rebelión.

Nada más que añadir, Señoría.

sábado, 16 de junio de 2018

LA MANO NEGRA



En el ajedrez es una maniobra muy común. En este juego milenario nunca influye la suerte, pero sus incruentas batallas siempre hacen sangrar las mentes. El “desvío” -también llamado “diversión”- es una de las armas más utilizadas para lograr el definitivo e implacable jaque mate. Iniciar una gruesa maniobra para encubrir una jugada mucho más sutil y letal es, sin duda, toda una contorsión de inteligencia neuronal para vencer en una jugada que será la piedra de toque que posibilite ganar la guerra. Desgraciadamente, esa “diversión” no solo es patrimonio del ajedrez. Pasen y lean.

1882-1883. Bajo el reinado de Alfonso XII, Andalucía vive un bienio de auténtica hambruna y, por ende, de revueltas sociales. La clase campesina se halla inmersa en la recién creada Federación de Trabajadores de la Región Española de tendencia anarcosindicalista, y federada a la Asociación Internacional de Trabajadores, la AIT. 

Las demandas eran simples y básicas: justicia social y sueldo justo. Dicho de otra forma: salir de la esclavitud. El problema para el sistema de entonces -en realidad, el problema de todos los sistemas autoritarios- era que la afiliación a este sindicato también suponía un cambio de actitud frente a la bota que lo pisoteaba. Las siervas de la gleba estaban tomando conciencia de su fuerza y del servilismo que las estaba masacrando de forma inmisericorde. Vivir en la miseria ya no podía ser “lo normal de toda la vida de Dios”. Quizás le suene…

El caso es que un pueblo que piensa es un pueblo que lucha, y un pueblo que lucha es un pueblo que acaba conquistando su libertad. Axioma.

Obviamente, ni el poder central de la época ni las latifundistas andaluzas se mostraban dispuestas a soltar un ápice de sus privilegios. Un clásico. 

La guerra entre los dos grandes bloques estaba servida. El auge del movimiento anarcosindicalista era tan evidente y el peligro para el señoritismo feudal era tan bestial que algo había que hacer para reprimir tanta explosión de libertad. Y rápido.

Lo que tenía que pasar, pasó.  A principios de noviembre de 1882, un alto representante de la autoridad competente en la zona de Andalucía Occidental encontró casualmente en el campo, bajo una piedra, los estatutos de la “Mano Negra”. Como era de prever, el articulado implicaba directamente a las defensoras de las trabajadoras en asesinatos y actos violentos. Tanta casualidad tampoco debería sorprenderle.

El peón había sido desplazado hábilmente sobre el tablero. El efecto diversión había comenzado. Las acciones de este grupo terrorista, evidentemente inventado (todas las historiadoras así lo han confirmado una y otra vez) tuvieron una amplia difusión, y su eco fue tan descomunal en los periódicos de la época que el Gobierno “se vio obligado” a desplazar un fuerte contingente de efectivos para reprimir una zona que estaba, supuestamente, a fuego y sangre.

En muy poco tiempo, dos mil jornaleras eran encarceladas en Cádiz y otras tres mil lo fueron en Jerez. Por si a alguien le cupiese aún la más mínima duda, el verdadero motivo de las detenciones era el de pertenecer a la Federación de Trabajadores, y así viene recogido en los documentos que fueron enviados al Ministerio de la Guerra y conservados en el Archivo Militar de Madrid. Un clásico.

Al margen de los años de cárcel y de los malos tratos para miles de personas, el 14 de junio de 1884 fueron ejecutadas a garrote vil en Jerez de la Frontera, siete braceras acusadas de cometer unos crímenes que nunca existieron.
La “Mano Negra” había cumplido su papel a la perfección. Y en esas estamos.

Lo grupos de poder siempre han necesitado, y necesitan, cualquier cosa para desviar la atención para favorecer sus intereses. Tapar un escándalo sexual con una guerra, solapar los efectos de una hambruna acusando de brujería a las judías que traían la peste, o pretextar un complot que ha quemado un Reichstag para imponer una dictadura han sido prácticas habituales.

La guerra de Vietnam se desencadenó por un falso ataque norvietnamita a un buque de la U.S Navy en el golfo de Tonkín y la guerra de Cuba se inició con la explosión del buque americano Maine, que se achacó falsamente a España. 

Iglesias, bancos, grandes corporaciones y gobiernos han utilizado esta táctica. Los ejemplos se suceden hasta el infinito.

El problema surge cuando estas circunstancias dejan de ser referencias en los libros de historia o apuntes en la Wikipedia para convertirse en la cruda y dura realidad.

Oponerse a los grandes centros de poder siempre acarrea consecuencias, y es precisamente este el motivo por el que las librepensadoras siempre estuvieron y están en el punto de mira. Reflexionar y hacer reflexionar nunca fue del agrado de quienes mandan de verdad. Pero lo que hoy puede hasta parecer anodino, como protestar contra la corrupción o el desmembramiento del sistema público -que pagamos todas- por un sistema privatizado -que seguimos pagando todas, pero cuyos beneficios acaban en el paraíso fiscal de turno- corre el riesgo de transformarse en todo un ataque frontal al señoritismo del momento que ve peligrar su forma de explotarnos. Si eso ocurre, no lo dude, volverán a tirar de la “Mano Negra” y las que hayamos protestado por ese robo manifiesto seremos carne de presidio o de ataques infundados. Otro clásico.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, y quizás piense que en este H2SO4 exageramos en demasía usando sin medida el aguafuerte goyesco para describir la realidad. Sin embargo, si repasa la gestación de cualquier golpe de estado, purga o ataque a los derechos fundamentales, comprobará que hay muy poco margen de error con respecto a lo aquí expuesto.

Que la “Mano Negra” fue un montaje para reprimir una lucha social que exigía que se dejase de considerar a las trabajadoras del campo como esclavas, es un hecho más que comprobado y contrastado. Los datos, archivos y sentido común así lo aseguran con contundencia. Con todo esto, ¿todavía duda de la existencia de este tipo de cosas? La historia está ahí para corroborarlo. 

Otra cosa es que, desde el falso descubrimiento en la campiña jerezana del estatuto de la inventada sociedad secreta hasta hoy no hayamos aprendido nada, y sigamos cayendo en la trampa, una y otra vez. Por ello, ahora mismo nuestro mayor problema reside en saber si hoy estamos realmente preparadas para desenmascarar a la “Mano Negra” de turno.

Cómo no caer de nuevo va a depender de nuestro nivel de conciencia y de nuestra capacidad de pensar a contracorriente. Pero, claro, ¡es tan cómodo dejarse llevar por las cálidas mareas del conformismo hacia el oasis paradisiaco de los ojos vendados en el que nada debemos pensar, hacer o decir y que tan bien nos saben vender! 

Sin duda, la que supo aplicar el ajedrez, y en particular el movimiento de desvío, a la vida política y social, sabía perfectamente lo que hacía. Y lo sigue haciendo.

Nada más que añadir, Señoría.



sábado, 9 de junio de 2018

LA PREMONICIÓN YAMAMOTO



Está muy extendida la sensación de que el único tiempo a tener en cuenta es el rabioso presente, conjugándolo prácticamente siempre con la primera persona del singular. El pasado no existe para las necias y el futuro es algo impredecible para las cortas de mira que siempre se envuelven en un presente absolutamente cortoplacista que lo domina todo. Nadie parece atreverse a querer ver más allá de las aletas sus narices.
Sin embargo, hay excepciones. Seguro que le suena.

Una de esas singularidades que siempre nos reserva la historia empezó con su nombre, Isoroku, que en japonés significa, literalmente, “56”. Fruto de una tradición nipona, este hijo de samurái adoptó como nombre la edad de su padre en el momento de su nacimiento.

En 1901, con 16 años, ingresó en la Academia Naval Imperial, graduándose en 1904 con una de las mejores puntuaciones de su promoción.

En 1905, el militar de fuerte carácter y enorme capacidad de liderazgo, Isoroku Yamamoto, fue destinado a un crucero durante la guerra ruso-japonesa. En esa contienda, y en el transcurso de la batalla de Tsushima, fue herido de extrema gravedad. El futuro almirante de la Armada Imperial japonesa se negó en redondo a ser amputado de un brazo destrozado por una explosión, aún cuando la infección podía terminar con su vida. 

Su brillante carrera lo catapultó hacia varios destinos internacionales que combinó con diversos e importantes cargos de responsabilidad en su país y un fulgurante ascenso castrense. Entre otros puestos, desempeñó el de profesor de Economía en Harvard, instructor de la Escuela de Guerra Naval, agregado naval en la embajada japonesa en Washington o director del Comando Aéreo-Naval, donde desarrolló y potenció el servicio aéreo de la Armada Imperial que once años más tarde atacaría Pearl Harbour.

Nombrado viceministro de Marina en 1936, se opuso a la corriente militarista que quería una confrontación a toda costa. Mandatado por su gobierno, intentó que llegasen a término varias negociaciones con Gran Bretaña y los Estados Unidos para que Japón lograse la paridad militar en cuestión de rearme. El esfuerzo fue en vano. Los ultranacionalistas habían ganado la partida y la guerra era inevitable. Su posición era, paradójicamente, tan dura en contra de la confrontación que el 30 de agosto de 1939 el propio ministro de Marina tuvo que alejarlo de Tokio al temer que sufriese un atentado, nombrándolo Comandante en jefe de la flota combinada. Yamamoto sabía que entablar una guerra contra los Estados Unidos significaba el suicidio, de la misma forma que aliarse con Hitler era un seppuku en toda regla. Sin embargo, la situación era irreversible y el emperador cedió ante la presión.

De hecho, el 27 de septiembre de 1940 se firmó en Berlín el Pacto del Eje entre Alemania, Italia y Japón. Era la cuenta atrás para el inicio del ataque a la base naval de la Flota del Pacífico de los Estados Unidos.

La otra gran paradoja es que al almirante “guerraescéptico” es a quien se le encarga el famoso ataque. Aunque al principio el plan es rechazado, al militar nipón le dan finalmente luz verde, si bien apostrofa como última advertencia: “durante los primeros seis o doce meses causaré estragos y conquistaré una victoria tras otra. Para entonces, si la guerra aún continúa, no tengo ninguna expectativa de éxito”. Brutal.

El 7 de diciembre de 1941, 353 aviones japoneses atacaron sin previo aviso Pearl Harbour desde seis portaaviones. El número de muertas superó las 2400. Las japonesas calificaron el ataque de triunfo total y creyeron haber terminado con la supremacía americana en el Pacífico. Sin embargo, ninguno de los portaaviones americanos estaba atracado en Pearl Harbour y de los ocho acorazados atracados, siete volvieron posteriormente al combate. El USS Arizona se quedó en el puerto como mudo testigo ahogado de lo que el presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt calificó como “una fecha que vivirá en la infamia”.

No obstante, en un Japón presa de la euforia generalizada por la demoledora agresión, el gran Gensui de la  Armada del país del sol naciente, hizo una reflexión que encubría una premonición: “Me temo que hemos despertado a un gigante dormido. Su respuesta será terrorífica”. Y en esas estamos. 

Estamos inmersas en una brutal lucha de clases en la que las de arriba están ganando la partida por goleada. Con muchos mecanismos y sin fisuras, con muchas herramientas y sin escrúpulos, con la razón que da la fuerza y sin sentimiento alguno, con mucho dinero y muchas voluntades compradas, han ido avanzado hasta llevarnos por la senda de la esclavitud sin que tan siquiera hayamos sido capaces de percibir el ruido que hacen las gruesas cerraduras de las mazmorras en las que nos encierran.

A poco que se mire con un pelín de detenimiento, se puede ver que existe una forzosa relación directa entre las grandes directrices marcadas por la austeridad organismos como el FMI, el Banco Mundial el Banco Central Europeo y los intereses de las grandes corporaciones. Blanco y en botella.

Lo queramos ver o no, la situación que todas estamos sufriendo es la de una extrema élite aplastando de forma inmisericorde al resto. Y esto solo tiene un nombre. Seguro que ya le va sonando.

Ese “resto” lo conformamos usted y yo, el mismo “resto” que tiene un poder increíble aunque nos hayan inculcado a sangre y fuego que solo somos una masa sin capacidad de decisión, gobierno o acción.

No obstante, el proporcional reparto de migajas que se lleva a cabo en las capas que blindan a las que mandan de verdad -fruto de la calculada y evidente división capilar del poder- provoca que muchas de nosotras nos creamos por encima de la categoría de paria. Y todo porque podemos –todavía- pagar una hipoteca y comprarnos un coche. La trampa es perfecta. Siempre caemos.

Esa ilusión mental que nos han inoculado nos ha llevado a creer en el dogma de que nada tenemos que compartir con las que trabajan desde los seis años en talleres infectos, con las que tienen que emigrar por culpa de las guerras, de la miseria o por los efectos del cambio climático, o con las vecinas que hacen cola para pedir la comida del día. Nos sentimos superiores a las que no pueden optar a un empleo de calidad, a una sanidad digna o a una educación pública de calidad. Tener todavía la capacidad de no dormir entre cartones nos obnubila el sentido común.

Dicho de otra forma, consideramos inferiores a quienes no tienen nuestro supuesto nivelillo, como la remera de las galeras que se sentía privilegiada por ocupar un puesto donde el látigo le alcanzaba menos que a las demás. De puta pena.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene y, leyendo esto, quizás piense que lo vitriólicamente expuesto aquí solo representa los delirios infundados de un H2SO4 demasiado visceral. Como si la guerra o la explotación que nos corroe solo fuesen materia para películas de ciencia ficción conspiranoides. Como si no fuese con nosotras. Como si las que sufren no se merecieran el apelativo de hermanas. Como si “esas cosas de las que hablan a veces los periódicos” fuesen inamovibles, perpetuas y contra las que nada se pudiera hacer.

Otras, sin embargo, opinarán -como afirmaba el periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano- que “mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo”.

¿Utopía? 
El pasado 8 de marzo, una huelga feminista sacudió el mundo. Las mujeres dejaron oír su voz de forma contundente. La reivindicación de ese #8M era simple: se exigía igualdad. Así, gente pequeña, en sitios pequeños, sumando su pequeñez a la de las demás, han acabado logrando que en España tengamos un Consejo de ministras y ministros. Obviamente, como decían Font et Val, los ácidos artistas humorísticos franceses, “esto es solo un combate, prosigamos con el inicio”.

El almirante de la Armada Imperial Japonesa, Isoroku Yamamoto, lo tuvo muy claro tras el ataque a la base de Pearl Harbour. Había despertado al gigante dormido. Ahora solo hace falta que usted se crea que las conquistas se llaman así porque hay que arrancárselas a las emperadoras de turno, y de ser así, siempre son regalos envenenados. El camino está ahí. Seguirlo o no depende de usted y de su compromiso. Tener la voluntad de atreverse a mirar y trabajar más allá del rabioso presente, también. 

Nada más que añadir, Señoría. 

viernes, 1 de junio de 2018

LA DEFECTUOSA PIEZA DEL MIDNIGHT EXPRESS



El suceso es, desgraciadamente, muy común. El inicio de la tragedia tenía lugar en 1970 en el aeropuerto de Estambul, aunque la misma escena habría podido desarrollarse perfectamente en pleno 2018 en Ceuta, en Algeciras o en Barajas. En la vieja Constantinopla, un joven estadounidense, Billy Hayes, era interceptado antes de subirse a un avión con destino a los EE.UU. mientras transportaba varios kilos de hachís adheridos a su cuerpo. Todo un clásico. 

Hayes formaba parte de una perfectamente ajustada y perversa maquinaria que siempre controla hasta el último giro del más pequeño de los engranajes para que nada falle jamás. Así es el sistema, lo queramos ver o no.

Así se inicia “El expreso de medianoche”, un clásico de la industria de Hollywood que se basó precisamente en el autobiográfico libro del propio Hayes. Con un guion escrito por un entonces desconocido Oliver Stone, que ya apuntaba maneras, y un presupuesto más que ajustado, la película logró un beneficio de 35 millones de dólares. Entre otros muchos galardones, el largometraje logró dos Óscar, cinco Globos de oro y muchísimas otras nominaciones.

La historia, que se ambienta en una cárcel turca, se rodó en realidad en el Fuerte de San Telmo, en la Isla de Malta.

En principio el protagonista es condenado a cuatro años de cárcel aunque, en una revisión posterior, ve su pena aumentada a 30 años de reclusión.

Las vicisitudes sufridas por el joven recluso son terribles. Las escenas que se van sucediendo evidencian la miseria y la brutalidad de un sistema carcelario que acaba robándole la voluntad de seguir, de entender y de comprender. Con un equilibrio mental roto, acaba ingresando en otra prisión que toma el eufemístico nombre de “psiquiátrico”. Una verdadera antesala de la muerte.

Sin embargo, es allí donde se produce ese “click” que hace que todo cambie. Es el mismo tipo de “click” que jamás se sabe de dónde llega y por qué ocurre, pero que es capaz de cambiar historias y la Historia. La novia de Billy Hayes se presenta en el locutorio de visitas y, tras el cristal blindado, le suplica que tenga la fuerza de salir de la inmundicia. El “click”.

En aquella terminal para enfermas mentales, como en una macabra procesión, un centenar de internas se dedica a girar incansablemente en redondo, mecánicamente y sin sentido, en torno a un pilar. No saben por qué. No saben para qué. Pero continúan girando. Domadas, sometidas, embrutecidas y carentes de pensamiento crítico, han dejado de pensar, han dejado de ser. Sólo giran. Siempre hacia la derecha. Incansablemente hacia a la derecha. Desde siempre hacia a la derecha. Para siempre hacia la derecha. Sin alma. Como un axioma conductual que solo puede ser fruto de una calculada alienación, ninguna se plantea otra cosa que no sea girar hacia la derecha camino de ninguna parte. Seguro que les suena.

Pero Hayes empieza ahí su particular salida de los infiernos. De pronto empieza a girar en el sentido contrario ante la reprobación, insultos y hasta agresiones de quienes continúan por el camino heredado y aprendido. En una escena memorable, una de las presas/enfermas lo increpa violentamente afirmando que todas las que están allí son piezas de una máquina perfecta y que en aquella normalidad, ir en el sentido contrario era una anormalidad propia de una pieza defectuosa. Por pura supervivencia, Hayes elige seguir siendo “defectuoso” y continúa caminando en el sentido contrario a la embrutecida masa. 

Esa actitud le permite, finalmente, evadirse cogiendo lo que las reclusas llaman el “Expreso de medianoche”, una expresión que significa coger el tren de la Libertad a base de poner en práctica una resiliencia a ultranza. Y en esas estamos.

En la actual situación, no nos queda otro remedio que ser piezas defectuosas, como nuestras abuelas que son, con decisión (me indicaron que decir “con dos ovarios” no era políticamente correcto) las que le plantan cara a las directrices del Fondo Monetario Internacional. A contracorriente reivindican las pensiones dignas que de derecho les corresponden, rechazando las limosnas que les quieren otorgar.

En la línea de ser esas piezas que no encajan en ningún puzle, las docentes comprometidas claman en mitad de un desierto de  incomprensión. Para estas enseñantes, la educación no puede ni debe transformarse en una mercancía, ni en una cuenta de resultados donde a las alumnas se las dirige desde muy pequeñas hacia la élite, o hacia el estercolero.

Girando en el sentido contrario al del dócil rebaño se encuentran también las que se niegan a creer que la inteligencia, la bondad, la honestidad o la capacidad dependen del color de la piel y el  pasaporte.

Enfrentándose a la idea de ser el perfecto engranaje que transmite y multiplica el poder, están las que reivindican el librepensamiento frente al razonamiento prefabricado y la laicidad contra la preponderancia cada vez más dominante de las iglesias. Son las mismas que luchan por la libertad en un ambiente en el que los Stalin o Mussolini de nuevo cuño ya retozan como ratas en la inmundicia. Y contra yugos y condicionamientos, son las que prosiguen su trabajo en pos de un mundo sin dogmas o supersticiones regladas, sin que les importen la indiferencia generalizada, los desprecios, los insultos y hasta las agresiones.

Como una carta que rechaza de plano sustentar el castillo de naipes del poder, se encuentran las que no están dispuestas a aceptar la dictadura del miedo, ni a tener que elegir entre la soga del cadalso o las balas de pelotón de fusilamiento.

Y finalmente, están esas partes mecánicas voluntariamente inservibles para “la gran industria” que logran parar en seco la maquinaria infernal, pero que por ser avanzadas a su tiempo, solo se les reconocerá esa imprescindible aportación cien años más tarde.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, pero la supuesta normalidad que nos venden como lo correcto y adecuado es, sin embargo, una masacre sistemática e inmisericorde de nuestra capacidad de pensamiento crítico para que no podamos distinguir las cadenas de los claveles. 

Llegadas a este punto, no nos queda más remedio, por pura supervivencia, que transformarnos en anormalidades, en esas piezas defectuosas que acaben reventando la maquinaria que nos tritura sin piedad.

Dicen que hay trenes que solo pasan una vez. Otros, por el contrario, no paran de salir de la estación del librepensamiento, por mucho que nos empeñemos en no querer verlos. Ese midnight express zarpa constantemente desde las conciencias libres para llevarnos por los caminos que nunca conducen a la Roma de turno. Otra cosa es que tengamos el valor de subirnos a ese expreso.

Cierto es que habrá quien considere estos términos como una insurrección -y bien podría tener razón- pero piense que, como clamaba Albert Camus, “con la rebelión nace la conciencia”.

En una amorfa y sumisa normalidad no hay nada más rebelde que ser anormal. Afortunadamente.

Nada más que añadir, Señoría.